Escrito por: Cristina Devia
¿Cuántas veces hemos salido de casa sin realmente ver nuestra ciudad? Lo que debería ser un simple trayecto diario se ha convertido en una radiografía de nuestras fracturas urbanas. Ibagué, que alguna vez fue sinónimo de tranquilidad, hoy es una ciudad donde la belleza de sus ocobos se diluye entre el caos cotidiano.
Si alzas la mirada, en lugar de un cielo despejado te encuentras con una maraña de cables enredados entre las ramas de los árboles, un entramado caótico que opaca cualquier atardecer. Tal vez prefieras dirigir la vista al suelo, pero ahí te espera otro desafío: el pavimento deteriorado, una lotería de huecos que convierte cualquier trayecto en un reto impredecible. Se estima que más de 18.000 baches forman parte del paisaje urbano, un problema que parece eterno.
Los semáforos en muchos puntos críticos han dejado de funcionar, y en varias zonas, la basura se acumula sin control. En el último año, la Secretaría de Ambiente registró más de 1.200 toneladas de residuos abandonados en las calles. Pero el problema no es solo de gestión pública; la cultura ciudadana también juega un papel fundamental. Cuántos realmente depositan sus desechos en los lugares adecuados? Cuántos simplemente esperan que otro se haga cargo?
En medio de este panorama, avanzar se ha convertido en un acto de cautela. La inseguridad ha transformado a los ciudadanos en seres alertas, siempre atentos al entorno, con la preocupación constante de un posible asalto. Según cifras oficiales, los hurtos aumentaron un 20% en los primeros meses del 2024, con métodos que van desde atracos con armas blancas hasta robos en motocicleta. A esto se suman nuevas tendencias preocupantes: motocicletas sin espejos ni placas visibles, piques ilegales que ponen en riesgo a peatones y conductores en estado de ebriedad circulando sin control. La sensación de vulnerabilidad ya no es solo una percepción, sino una constante en la vida diaria de los ibaguereños.
Pero más allá del peligro en las calles, la indiferencia se ha instalado en la cotidianidad. Se prioriza adelantar un vehículo, aunque ello cause más trancón. Se ignora a los peatones que intentan cruzar, y se ha normalizado que solo logren hacerlo si corren o si alguien, como un adulto mayor o una mujer embarazada, genera suficiente empatía para que un conductor decida detenerse. El irrespeto por las normas de convivencia refleja la falta de compromiso con una ciudad más ordenada. En los noticieros, el guion parece repetirse sin variaciones: crímenes, corrupción, intolerancia. La indignación dura unos instantes, hasta que la rutina nos devuelve al mismo punto de partida.
La imagen de una Ibagué florecida bajo los ocobos se desvanece en medio de estas problemáticas. Pero, en qué momento nos resignamos? Cuándo decidimos aceptar esta realidad sin cuestionarla? Ibagué sigue teniendo el potencial para recuperar su identidad, pero esto exige no solo cambios en la gestión pública, sino también en la actitud de sus ciudadanos. No basta con lamentarnos por lo que se ha perdido; la verdadera pregunta es qué estamos dispuestos a hacer para transformar nuestra ciudad. No se trata solo de esperar que las cosas cambien, sino de asumir la responsabilidad de hacerlas cambiar.