Escrito por: Cristina Devia
Hace unos días, mientras quitaba el polvo de algunos libros que conservo por cariño más que por uso, me encontré con una frase que había anotado en mi viejo y amarillento ejemplar de La metamorfosis de Kafka:
«El mundo no te ama, el mundo te necesita. Cuando dejas de ser funcional, te descarta.»
No sé por qué en su momento escribí aquella frase, pero ahí estaba, hablándome fuerte y poniéndome a pensar. Pensé en la tienda que abrió el vecino, en la joven que decidió vender sus postres, en ese local del centro que ha tenido tres nombres distintos en tan solo un año, y en lo que significa emprender aquí, donde el impulso de comenzar suele nacer más de la urgencia que de la abundancia.
En Ibagué, como en tantas otras ciudades, los sueños se transforman en negocios. Emprendimientos que nacen más de una necesidad que de un lujo: para subsistir, para escapar del desempleo, para dar un paso hacia la independencia. Según la Cámara de Comercio de Ibagué, en 2023 se crearon 6.349 empresas en su jurisdicción, de las cuales 5.890 surgieron en la capital tolimense. Es una cifra que emociona, que habla de gente con iniciativa y con ganas de salir adelante. Pero, cuando se mira más allá de la apertura, aparece la incertidumbre.
Así que el sueño de iniciar como una pequeña empresa y crecer hasta convertirse en una mediana o gran compañía es casi una rareza, un golpe de suerte más que una consecuencia lógica del esfuerzo. A nivel nacional, según un estudio de Confecámaras, solo el 33,5 % de las empresas sobreviven al término de cinco años. Esta cifra es aún más baja para las microempresas, que presentan una tasa de supervivencia del 33,4 %.
Entonces, ¿por qué es tan difícil crecer? ¿Será una barrera personal? ¿Falta de visión, miedo, agotamiento? O más bien, ¿estamos ante trabas institucionales, económicas, culturales? En muchos casos, todo eso se mezcla: trámites engorrosos, acceso limitado al crédito, impuestos que aprietan y la sombra constante de la informalidad.
Lo cierto es que muchos emprendimientos no sobreviven. Y lo más duro no es el cierre del local. Es lo que no se ve: el desvelo, la fe puesta en cada venta, los planes de expansión que nunca llegaron porque dejaron de ser funcionales y el mercado los descarta. Igual que en la frase de Kafka.
Pero, a pesar de todo, seguimos. Seguimos creyendo que se puede. Por eso, hoy la pregunta es: ¿a qué le deberíamos apuntar los ibaguereños para que emprender no signifique sobrevivir, sino realmente crecer?
Quizá la respuesta esté en dejar de mirar el emprendimiento como algo individual. Tal vez necesitamos redes más fuertes, alianzas reales, un Estado que no solo inspire con discursos, sino que facilite con hechos. Necesitamos que, en esta ciudad, construir empresa sea una posibilidad, no una hazaña.
Porque cuando un negocio prospera, no solo gana quien lo fundó: gana el barrio, gana la ciudad, ganamos todos.
Y sí, los sueños también cierran locales, pero los que se mantienen vivos tienen el poder de abrir muchos más.