Por Juan David Ospina – Edil del corregimiento El Totumo
En nuestras veredas habitan tesoros que no necesitan ser descubiertos, solo reconocidos. Caminos entre cafetales, montañas que respiran historia, ríos cristalinos y una cultura campesina que aún conserva lo auténtico: el saludo cálido, la receta tradicional, el valor de la palabra. Sin embargo, por años, el turismo rural ha sido una oportunidad dormida. Hoy, más que nunca, es hora de despertarla.
El turismo rural y comunitario no es un lujo para los territorios: es una alternativa de desarrollo económico, de empoderamiento social y de construcción de paz desde lo cotidiano. Es permitir que los visitantes se conecten con lo real, con lo nuestro, y que nuestras comunidades puedan generar ingresos dignos sin tener que abandonar su tierra ni su identidad.
Desde mi experiencia familiar, el campo no es una idea: es una historia de vida. Mi familia ha estado ligada por generaciones al sector panelero, uno de los oficios más tradicionales y representativos de nuestra ruralidad. He visto cómo la panela se elabora con esfuerzo, entre trapiches, caña recién cortada, fuego de leña y manos que saben cuándo está en su punto. Esa tradición merece ser contada, vivida y valorada. Por eso, impulsamos la idea de construir la Ruta de la Panela, una experiencia que permita a los visitantes conocer, paso a paso, cómo se produce la panela de forma artesanal, con prácticas sostenibles y acompañadas de relatos que hacen parte de nuestra identidad campesina. Imagina un recorrido donde no solo se aprende, sino también se saborea, se conversa, se reconoce lo que hay detrás de lo que consumimos.
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En corregimientos como El Totumo, y en tantas otras veredas del Tolima, tenemos el potencial para ofrecer caminatas ecológicas, rutas del café, experiencias de saberes tradicionales, hospedajes rurales, y mucho más. Pero necesitamos más que voluntad: se requiere inversión en infraestructura, formación en atención al visitante, promoción digital y, sobre todo, creer que lo rural también puede ser destino.
El turismo rural no debe ser invasivo ni extractivo. Debe ser comunitario, sostenible y respetuoso del territorio. Debe beneficiar primero a quienes habitan la vereda, y luego a quien la visita. No se trata solo de mostrar paisajes, sino de narrar memorias, de tender puentes entre el campo y la ciudad, entre el visitante y el anfitrión.
Como edil, mi compromiso es seguir promoviendo estos temas en los espacios donde se toman decisiones. Pero esto solo será posible si trabajamos juntos: comunidad, instituciones, líderes y jóvenes que crean en el potencial del campo no solo para sembrar comida, sino también para sembrar esperanza.
Porque el turismo rural no es una moda, es una herramienta transformadora. Una joya escondida, sí. Pero lista para brillar, como lo hace cada panela dorada recién salida del trapiche.