Por: Laura Cristina Devia Zambrano
El departamento del Tolima asiste a una peligrosa regresión, la emergencia de liderazgos que, lejos de representar un avance social o institucional, reencarnan las peores prácticas del pasado al mezclar religión con política. En sus discursos se manipulan las escrituras, se invocan designios divinos, y se perfila un tipo de mesías político que, lejos de traer salvación, amenaza con debilitar las bases mismas de la democracia.
La historia (no hablo de los rumores, ni opiniones, sino de los hechos verificables) ya ha dejado en claro los resultados de este tipo de liderazgo. Basta recordar los siglos del Antiguo Régimen europeo, donde el poder político se legitimaba como “derecho divino”. En Francia, por ejemplo, el maridaje entre Iglesia y monarquía desembocó en siglos de desigualdad, represión y analfabetismo, y sólo terminó con la Revolución Francesa de 1789, cuando el pueblo rompió con esa fusión letal entre altar y trono. La consigna «ni Dios ni amo» no fue un grito contra la espiritualidad, sino contra el uso político de la religión como herramienta de opresión.
En América Latina, ese mismo modelo de liderazgo mesiánico también ha causado estragos. Durante la Colonia, la Corona española usó la evangelización como mecanismo de dominación. En Colombia, la Iglesia Católica fue un actor político central hasta bien entrado el siglo XX, incluso censurando ideas liberales, persiguiendo opositores y bloqueando el acceso a la educación laica. El resultado: atraso, autoritarismo y clientelismo.
Y hoy, en pleno siglo XXI, Tolima se enfrenta a líderes que, con un barniz académico, vuelven a evocar la Biblia en escenarios públicos, asumen el papel de ungidos, y proclaman una moral superior que no resiste el más mínimo escrutinio ético ni técnico. La pregunta no es si creen en Dios —eso es asunto privado— sino ¿qué tan dispuestos están a secuestrar la fe popular para convertirla en herramienta de manipulación electoral?
Este tipo de liderazgo no construye ciudadanía, sino feligresía. No forma criterio, impone dogma. No administra recursos públicos, predica desde púlpitos disfrazados de alcaldías. Y lo más peligroso: se resiste al control, porque quien se autoproclama enviado de Dios se considera por encima de la crítica, y todo cuestionamiento se vuelve herejía.
La historia nos enseña que los mesías políticos no rinden cuentas. Hitler también hablaba de «misión divina»; Fujimori prometía salvación moral; Chávez se invocaba a sí mismo como redentor de los pobres. El resultado fue el mismo: autoritarismo, persecución al pensamiento libre y destrucción institucional.
El Tolima no puede permitir que se imponga un liderazgo tan oxidado como una armadura medieval: pesado, inútil, simbólicamente potente pero estratégicamente vacío. Necesitamos líderes con formación crítica, con propuestas verificables, con vocación democrática y no con ínfulas de iluminado.
La política es para transformar, no para evangelizar. El poder se gana con argumentos, no con versículos. Y la fe —digna, privada y respetable— no puede seguir siendo usada como carnada electoral.