
Por: Laura Cristina Devia Zambrano
“El desencanto con los partidos y la polarización están reciclando los errores históricos que ponen en riesgo la democracia colombiana”
Colombia, como buena parte del mundo, vive atrapada en un ruido ensordecedor. No es un ruido de ideas, sino de gritos; de quién habla más duro, quién impone su visión, quién cancela al otro antes de escucharlo. En medio de ese estruendo, las discusiones políticas —desde la mesa familiar hasta el Congreso— se convierten en ejercicios estériles donde no importa comprender, sino derrotar.
Esa dinámica, que parece tan cotidiana, esconde un riesgo mayor. Mientras discutimos sin escucharnos, mientras elegimos la indiferencia como refugio, la democracia se erosiona. Y no se trata solo de Colombia. En América Latina y más allá, la polarización, la desilusión con los partidos tradicionales y la fatiga democrática han abierto espacio para líderes que se presentan como salvadores, pero que terminan debilitando los mismos cimientos de la libertad que dicen proteger.
En la juventud, el ideal de lo colectivo suele estar más vivo: en las aulas se habla de solidaridad, comunidad y transformación. Pero al entrar al mundo laboral, la brújula cambia. El horizonte ya no es lo común, sino lo individual. El “salir adelante” se convierte en una carrera personal por asegurar vivienda, carro, estudios, ascensos. No hay nada reprochable en aspirar a mejorar, pero el costo es claro: relegamos el bien colectivo, asumimos la lógica del mérito aislado y dejamos en manos de otros —a menudo corruptos de corbata— la construcción de lo público.
Ese abandono tiene consecuencias políticas. Nos hemos vuelto más consumistas, menos críticos, más propensos a distraernos en la inmediatez. Y en esa distracción, la política se convierte en un negocio privado para quienes acceden al poder no por un proyecto comunitario, sino un medio para acrecentar capital económico, cultural y social. Los partidos se degradan, los contrapesos se debilitan y el ciudadano, desencantado, opta por la indiferencia.
Pero la historia es clara. Allí donde la sociedad renuncia a su papel, el autoritarismo encuentra terreno fértil. El nazismo, conviene recordarlo, nunca tuvo una mayoría absoluta. Avanzó porque encontró a partidos divididos, sindicatos frágiles, un periodismo cooptado y una ciudadanía cansada. En ausencia de contrapesos, la centralización del poder se vuelve inevitable.
Hoy, figuras como Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador capitalizan ese mismo descontento. Su ascenso no es casual: son hijos de la desilusión que dejaron las promesas incumplidas de gobiernos progresistas, y de la incapacidad de los partidos tradicionales para reinventarse. La extrema derecha se presenta como alternativa al caos, pero lo que ofrece es una democracia más frágil, con menos consensos y mayor exclusión.
Colombia observa esa ola global mientras lidia con sus propias tensiones internas. La polarización —que divide familias, comunidades y regiones enteras— no es un accidente: es una herramienta útil para quienes aspiran a concentrar el poder. El problema no es solo la derecha ni solo la izquierda. Ambos extremos, en distintos momentos, han demostrado que pueden reproducir desigualdades y alimentar el desencanto ciudadano.
El desafío es comprender que preservar la libertad exige más que depositar un voto cada cuatro años. Implica construir instituciones sólidas, exigir transparencia, fortalecer la ética periodística y, sobre todo, recuperar la noción de que la política no es un espectáculo ajeno, sino el espacio donde definimos nuestro destino común.
La democracia no muere de un día para otro. Se desgasta en el ruido, en la apatía, en el cálculo individual. El precio de esa indiferencia puede ser, como ya advierte la historia, perder aquello que aún nos pertenece…