Por: Juan David Ospina, edil del corregimiento 16 – Ibagué
El departamento del Tolima atraviesa una crisis silenciosa, dolorosa y alarmante: la salud mental de nuestros jóvenes está en riesgo. En lo corrido del 2025, Ibagué ha reportado un preocupante incremento en los casos de suicidio, siendo los hombres jóvenes el grupo más afectado. El puente de la variante se ha convertido tristemente en un símbolo del dolor que muchos callan y pocos quieren mirar de frente.
Según cifras recientes, solo en este año se han registrado al menos 45 suicidios en Ibagué, muchos de ellos protagonizados por jóvenes entre los 15 y 29 años. Tolima ya figura entre los departamentos con mayores tasas de suicidio del país, en un panorama nacional donde más de 2.000 personas han perdido la vida por esta causa en el último año.
Desde mi labor como edil del corregimiento del Totumo, he podido evidenciar una realidad aún más grave: los jóvenes rurales están completamente desprotegidos frente a este problema. No hay psicólogos en los puestos de salud, no hay líneas de atención en caso de crisis emocional, no hay redes de acompañamiento para quienes atraviesan duelos, ansiedad o depresión. Muchos de nuestros jóvenes crecen entre silencios, cargas emocionales y la idea de que sentirse mal es sinónimo de debilidad.
El suicidio no es un acto individual, es un grito de una sociedad que no está sabiendo cuidar a sus jóvenes. Y es aún más desgarrador en nuestros territorios rurales, donde el acceso a salud mental es casi inexistente y el estigma es más fuerte.
Por eso, esta columna es un llamado directo y urgente a las instituciones del Estado, a la Secretaría de Salud, a los gobiernos local y departamental, a los colegios rurales y a todos los actores políticos que hoy dicen representar a la juventud:
La salud mental no puede ser un privilegio de las ciudades. Es urgente garantizar atención psicológica en los corregimientos, veredas y zonas alejadas.
Necesitamos un plan real y operativo para llevar brigadas emocionales a la ruralidad.
Es hora de activar redes comunitarias que enseñen a identificar señales de alerta y brindar primeros auxilios emocionales.
Y también de intervenir lugares simbólicos, como el puente de la variante, con arte, presencia institucional, memoria y acompañamiento.
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Desde la Edilía y con el respaldo de colectivos juveniles rurales como La Generación del Hacer, estoy comprometido con promover espacios seguros para nuestros jóvenes. Ya no podemos quedarnos solo en el discurso. Cada vida importa, y la vida de un joven del campo también merece ser cuidada, escuchada y salvada.
Hoy, más que nunca, es momento de hacer del cuidado emocional un acto político. Y que desde el campo también rompamos el silencio.