En algún momento, toda mujer ha llegado a pensar antes de salir de casa si usar falda, vestido o escote podría ser «demasiado provocativo» al punto de hacernos sentir incómodas.
Escrito por Cristina Devia
Salgo de casa y ya estoy calculando calles con más luz, esquinas donde alguien podría estar esperando, revisando si hay alguien detrás. Camino rápido, con la llave entre los dedos, pensando que solo sea invento mío y el hostigador sea una falsa alarma. Y no solo por el sencillo hecho de que me puedan robar, sino por el simple hecho de que alguien viene por mí. No es paranoia. Es supervivencia de volver a casa con vida.
Si eres hombre, tal vez nunca hayas pensado en esto. Nunca te has preguntado si tu ropa es «provocativa», si el taxista que te lleva a casa decidirá desviarse o si en el bus alguien te tocará sin tu consentimiento. No sientes ese vértigo en el estómago cuando una mujer camina demasiado cerca de ti en una calle vacía o simulas que unos amigos te están esperando en la otra esquina. Nunca te han dicho que «exageras», que “la culpa es tuya por vestirte así” como si la responsabilidad de no ser agredida recayera sobre la víctima y no sobre el agresor. Y ojo que no hablo de un robo.
Cada vez que se denuncia un feminicidio o una agresión, aparece el escudo de las excusas. «No todos los hombres así» dicen, como si eso resolviera algo. «Las mujeres también matan» como si eso hiciera menos grave que nosotras morimos solo por existir. «Él tenía problemas mentales” «Ella se lo buscó» «No se sabe bien qué pasó». Y así, entre justificaciones y argumentos que diluyen la culpa, seguimos sumando nombres a la lista de mujeres que no llegaron a casa.
Hombres, ustedes no piensan en estas cosas. No es porque sean «buenos» o «respetuosos». Es porque no lo necesitan. Porque este mundo fue diseñado para que ustedes no tengan miedo. Para que puedan caminar solos sin mirar atrás. Para que puedan beber sin preguntarse si su vaso fue alterado. Para que puedan decir «no» sin que su vida corra peligro. Y si este mundo les ha dado el privilegio de no tener miedo, ¿qué están haciendo con él?
El problema no es solo el hombre que agrede. Es también el que calla. El que prefiere ignorar. El que ve el feminismo como una amenaza en lugar de verlo como la posibilidad de un mundo más justo. Porque aquí no hay neutralidad posible. Si no estás ayudando a cambiar la realidad, estás ayudando a sostenerla.
Hablen. Cuestionen a sus amigos. Pregunten a sus hermanas, madres y amigas cuántas veces han sentido miedo, y escúchenlas sin intentar justificarse. Dejen de decir «no todos los hombres», porque las cifras no dejan dudas: la mayoría de los agresores son hombres. No se trata de sentirse atacados, sino de asumir la responsabilidad colectiva de transformar una sociedad que normaliza la violencia.
Las mujeres no queremos seguir viviendo con miedo. Pero hasta que eso cambie, lo menos que pueden hacer es reconocer que su mayor privilegio es no tenerlo.