Por: Laura Cristina Devia Zambrano
En Colombia vivimos tiempos difíciles, marcados por la violencia, la polarización y la pérdida de confianza en quienes deberían representar nuestros principios. El reciente atentado contra un precandidato presidencial es solo un síntoma. El verdadero problema es más profundo, hemos normalizado el odio y lo peor, lo hemos convertido en espectáculo.
Mucho se habla de una “crisis de valores”, pero cuando nos preguntan por nuestros valores, solemos creer que están intactos. Nos consideramos personas de bien: profesionales, educados, con experiencia, incluso exitosos. Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntarnos cuáles son exactamente esos valores que guían nuestras decisiones cotidianas. ¿Sabemos realmente lo que valoramos? ¿Decidimos con base en principios sólidos o simplemente reaccionamos, imitamos, nos dejamos llevar?
Una persona sin valores no tiene cimientos. Pero ojo: no todos los cimientos son valores. Nos han enseñado que la desconfianza, el rencor o la «viveza» pueden ser herramientas útiles para sobrevivir, cuando en realidad son síntomas de una sociedad que ha perdido el rumbo. Hoy por hoy, en lugar de promover el amor, la compasión o el respeto, muchas veces celebramos la agresividad, la burla y la división.
La política refleja esa distorsión. En Colombia, vivimos una crisis profunda de liderazgo. Nuestros líderes, lejos de ser ejemplo, se han convertido en modelos de lo que no queremos ser. En lugar de construir, se dedican a destruir al oponente, a perseguir titulares, sin importar los límites éticos.
Y en medio de este escenario en crisis, hay un actor silencioso pero determinante: los medios de comunicación.
Hoy, el discurso de odio se vende bien. La indignación genera likes, los escándalos producen rating. Se ha convertido en un modelo de negocio. Cuanto más violento el titular, más viral. Cuanto más agresivo el político, más cámara. Lo que importa no es el contenido, sino quién grita más fuerte o da el golpe más certero.
Los medios ya no informan: editorializan, manipulan, segmentan para confirmar prejuicios. Y la sociedad, que aprende por imitación, replica esa lógica. Porque si el líder polariza y el medio lo amplifica, ¿qué se espera del ciudadano?
Así se va degradando el debate público. Se criminaliza la diferencia, se cancela al que piensa distinto, se convierte todo en una batalla. Y mientras tanto, los verdaderos problemas —educación, salud, pobreza, justicia— siguen sin resolverse. La política se volvió una guerra de narrativas, y los medios, los campos de batalla.
La democracia exige mucho más. Requiere respeto, pensamiento crítico, y sobre todo, voluntad de escuchar. Pero ¿cómo lograrlo si desde arriba se promueve el odio, y desde los medios se lo recompensa? Colombia no necesita solo un cambio de gobierno. Necesita un cambio profundo en su cultura política y mediática. Necesita líderes que no usen el micrófono para dividir, y medios que asuman su rol como formadores, no como incendiarios.
Tal vez no vivimos una crisis de valores, sino una crisis de coherencia. Tal vez, más que indignarnos con “la sociedad”, debemos empezar por cuestionar qué estamos reproduciendo, qué consumimos y a quiénes premiamos.
Si seguimos premiando el odio con nuestra atención y nuestro silencio, no esperemos una sociedad distinta: solo veremos el reflejo de lo que alimentamos.