Por: Laura Cristina Devia Zambrano
Esta columna no busca generalizar, pero sí hablar de una realidad que muchas mujeres comparten en silencio.
Hace poco recibí la noticia que una familiar está esperando su primer bebé. Su reacción fue una mezcla de emoción y preocupación. Por un lado, la felicidad de convertirse en madre; por otro, la preocupación por todo lo que conlleva esa decisión. Porque estar embarazada en el 2025 no es lo mismo que antes. Hoy a la maternidad se le suman otras muchas responsabilidades y la balanza sigue sin estar equilibrada.
Es cierto que el rol de la mujer se ha diversificado. Ahora trabajamos, estudiamos, escribimos, participamos en política, lideramos… Pero el rol del hombre en muchos casos, sigue siendo el mismo de siempre: el de proveedor. ¿Y qué pasa cuando ambos trabajan, pero solo una persona lleva la carga del cuidado, la logística del hogar y la emocionalidad familiar?
Durante años se nos ha vendido la idea de que las mujeres somos “multitasking” por naturaleza, mientras que los hombres no. Pero esa teoría, lejos de ser una virtud, ha funcionado como una excusa cultural para justificar que a las mujeres se nos delegue más responsabilidades. Lo cierto, es que está científicamente comprobado que los seres humanos no estamos diseñados para hacer múltiples tareas a la vez sin sacrificar calidad o salud mental. Entonces, ¿por qué seguimos esperando que una mujer trabaje, cuide, estudie y sostenga emocionalmente a todos a su alrededor, mientras su pareja solo provee?
Y es ahí donde surgen los conflictos. Cuando todo se desborda, un problema en el colegio, una llamada de la rectora, una emergencia médica, una caída… y la madre, en su jornada laboral, contesta el teléfono. Al otro lado de la línea está su pareja o algún familiar que le ayuda con el cuidado, pero la presión ya está sobre ella y lo más doloroso no fue el hecho en sí, sino lo que vino después: los reproches, que no está pendiente, que debería buscar otro trabajo, que por qué sigue estudiando. Y con eso, se activa una cadena de violencia emocional sutil, pero devastadora. Esa culpa que se instala cuando una mujer quiere ser más que madre, cuando aspira a tener una vida propia sin dejar de cuidar.
La maternidad no debería estar reñida con el desarrollo personal. Las mujeres —y todas las personas que cuidan— merecen apoyo, comprensión y redes familiares empáticas. Porque criar a un hijo no es una tarea de una sola persona. Y porque nadie debería tener que elegir entre ser madre y ser ella misma.