Por Juan David Ospina, edil del corregimiento El Totumo
En pleno siglo XXI, hablar de salud en las zonas rurales del Tolima -y especialmente en los corregimientos de Ibagué- es hablar de una deuda histórica que sigue creciendo. Lo que debería ser un derecho garantizado para todos los ciudadanos, hoy se ha convertido en un privilegio que solo unos pocos pueden costear o alcanzar.
Los puestos de salud en nuestras veredas están abandonados, con estructuras deterioradas, sin personal médico permanente, y sin medicamentos. En muchos casos, el único «dispensario» disponible es la tienda del caserío, donde se venden remedios sin control, sin receta y sin garantías. El campesino, la mujer cabeza de hogar, el adulto mayor o el niño enfermo, muchas veces no tiene otra opción que automedicarse o esperar -con resignación- que la dolencia pase, si es que no se agrava antes de poder bajar a la ciudad.
Esta realidad no es nueva, pero sí cada vez más alarmante. Nos hemos acostumbrado a ver cómo la salud pública se fragmenta en trámites, barreras, EPS que no cumplen y promesas que no llegan. Mientras en las ciudades se discute la reforma a la salud, en el campo se discute cómo sobrevivir sin ella.
En Ibagué, los corregimientos siguen estando al margen de las prioridades. El transporte para emergencias es escaso o nulo, y el acceso a servicios básicos de salud digna es una odisea. El Totumo, San Juan de la China, Tapias, Laureles, y muchas otras veredas enfrentan el olvido con dignidad, pero la paciencia tiene límite. La salud no puede depender del estrato, del lugar donde se nace o del camino de herradura que haya que recorrer. La salud debe ser un derecho real, accesible y equitativo.
Como edil rural, levanto mi voz no solo por mi comunidad, sino por todas las voces que no han sido escuchadas. Exijo, como ciudadano y como líder social, que se tomen acciones concretas: reactivación de los puestos de salud, presencia médica constante, dotación de medicamentos, programas de prevención y atención oportuna. No estamos pidiendo favores. Estamos exigiendo lo que nos corresponde.
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Colombia no puede seguir siendo un país donde vivir lejos de la ciudad es sinónimo de vivir lejos de la salud. Porque mientras un niño tenga que caminar horas para ser atendido, mientras una mujer embarazada tenga que esperar un transporte que nunca llega, mientras una fiebre se tenga que tratar con una pastilla comprada en una tienda, no podremos hablar de justicia social.
Hoy más que nunca, es momento de volver la mirada al campo. De reconocer que la salud no es un lujo, sino una necesidad fundamental. Y de actuar, porque la dignidad rural también se cuida desde un puesto de salud abierto, funcional y humano.