Por: Laura Cristina Devia Zambrano
En un país donde impartir justicia puede costar la vida, una jueza le recordó al poder que nadie está por encima de la ley.
En una Colombia donde la polarización se ha vuelto paisaje, el fallo contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez marca un hito no solo jurídico, sino ético. Pero más allá del veredicto, lo que merece ser exaltado es el temple de la jueza Sandra Liliana Heredia, quien, en medio de presiones mediáticas, afectos desbordados y odios históricos, sostuvo con firmeza una premisa tan sencilla como poderosa: la justicia está por encima del poder.
Su decisión, celebrada por algunos y cuestionada por otro no se dejó arrastrar por la marea emocional que suele inundar los casos de alto perfil en Colombia. Con una rigurosidad técnica admirable, revisó a fondo las pruebas, escuchó más de 90 testimonios y enfrentó una defensa liderada por abogados de renombre. No juzgó por quién es Uribe, sino por lo que hizo.
La jueza Heredia no solo condujo un proceso judicial complejo, sino que lo hizo en un entorno cargado de presiones sociales, políticas y mediáticas que buscaban condicionar su independencia. Desde cartas abiertas firmadas por figuras públicas hasta señalamientos estigmatizantes por el contenido de su fallo, el estrado se convirtió en un campo de batalla ideológico. Su decisión no fue únicamente jurídica: fue también un acto de valentía. En un país donde impartir justicia puede significar jugarse la vida, ella eligió el derecho por encima del ruido.
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Ser jueza en este contexto no es un privilegio, es un sacrificio. Implica exponerse, recibir amenazas y cargar con el peso de una sociedad que con frecuencia confunde justicia con venganza o impunidad. En Colombia se mata por azar, pero también por querer aplicar la ley. Y aun así, ella no titubeó.
Este fallo —como esta columna— no busca condenar a un hombre ni absolverlo en el imaginario colectivo. Lo que se juzgaron fueron actos, y lo que se celebra es el valor de una funcionaria que, en medio del estruendo, eligió el silencio de la ley. Porque cuando la justicia cojea, como tantas veces en nuestro país, su llegada es aún más valiosa.